Tres Preguntas

Cada vez que decido tomar el teclado de mi computador para escribir mis ideas sobre algún tema en particular de la arquitectura, desarrollo urbano, política, etc. (especialmente de Venezuela), me encuentro con que apenas pasado el primer párrafo –incluso antes- van surgiendo temas que son motivo de un análisis por separado, y no sé si eso sea una buena señal o una mala. Buena porque me interesa mucho compartir mis pensamientos y desarrollar temas de interés, lo encuentro como una realización personal, por otro lado me pregunto si es algo malo, por varias razones: ¿será que me cuesta ver aspectos positivos en las políticas de desarrollo urbano en Venezuela?, ¿será que es fácil criticar?, ¿será que estamos tan mal?

Ante la primera pregunta, no lo creo de tal forma, me alegra y alabo los esfuerzos que se hacen en algunas ciudades por cambiar y enmendar años y décadas de políticas erradas de desarrollo –o la ausencia de éstas-, es gratificante ver cuando se considera la investigación académica en la solución de los problemas de la ciudad, y cuando se toma en cuenta el aporte multi e interdisciplinario que los profesionales de las diversas áreas pueden hacer para mejorar la calidad de vida del ciudadano, aunque la triste realidad en muchos casos es que no son suficientes los esfuerzos, no tienen la frecuencia y efectividad necesaria, o peor y más común aún, que a muchos sobre quienes reposa la responsabilidad de la gerencia de un municipio o estado simplemente no les importa.

La segunda pregunta es más compleja, y su interpretación es cuidadosa, siempre pensé que era fácil criticar, pero no es así, fácil es despotricar, fácil es insultar y destruir, pero la crítica requiere de estudio, análisis y comprensión, lo cual no resulta tan sencillo. He visto a muchos hacer esto último, los podemos conseguir a montones en foros de arquitectura y de las ciudades, destruyendo las ideas de otros sin conocerlas, con criterios basados en ignorancia, intolerancia e incluso envidia. Desde hace un tiempo aprendí a no juzgar un proyecto sin conocerlo, porque aunque no nos resulte bonito, o tengamos dudas de su valor arquitectónico, luego de comprender de donde surge la idea, que se propone con ésta y como se desarrolla, podemos ampliar nuestra mente y conseguir el significado y el valor de una obra más allá de nos muestre una imagen o un render, lo mismo funciona en sentido opuesto, ya que sobran los edificios de gran impacto, pero con suficientes fallas como para derrumbar la ilusión de gran obra, más para la foto o postal que para el usuario. Además, se suele considerar a la crítica como mera destrucción, más no es así, la crítica aporta con el tiempo mayor entendimiento de una obra, creo que no conoceríamos tan bien las obras maestras de la arquitectura y el arte si sólo tuviéramos una reseña de lo que dijo su autor, si es que la hubiere. La crítica es muestra de que una obra es para todos, y no sólo para quien la proyectó, por tanto la visión no puede ser unilateral. Cualquiera podría tratar de colocar el adjetivo de “constructiva” cuando menciono la crítica, pero considero ésta una condición sine qua non de la misma, puesto que la crítica arquitectónica, al dejar de ser constructiva, pierde inmediatamente su carácter, y pasa a formar parte del mundo interminable de la destrucción de las ideas, y del freno al pensamiento.

Ahora, ¿estamos o no estamos mal en Venezuela en lo concerniente a las políticas de desarrollo urbano?, a primera vista, considerando a visión cerrada y la falta de entendimiento sobre que es arquitectura y del aporte que esta puede (y debe) dar a la ciudad, a los vicios políticos reinantes en las oficinas de planeamiento urbano, a la costumbre cortoplacista electorera que rige la administración pública del país, entre otros males, la única respuesta que consigo por el momento es un rotundo sí. No es una situación generalizada, como ya mencioné anteriormente es notable los esfuerzos y las políticas de algunas ciudades y estados respecto a su desarrollo. Me atrevo a decir que he visto una proporción directa entre las políticas de planeamiento urbano acertadas y de visión amplia, y la presencia de facultades de arquitectura importantes en esas ciudades, cuestión que de antemano da una idea del poder y la necesidad de acercar al arquitecto y a los entes de gobierno, quienes lejos de parecer los facilitadores y/o principales clientes de la profesión, parecieran ser más como el principal obstáculo entre la idea y la obra. Cuesta creer los años de atraso en desarrollo urbano que Venezuela trae a cuestas, mientras tantos países han aprovechado el potencial del desarrollo urbano sobre la calidad de vida del ciudadano, la creación de consciencia ciudadana, el afianzamiento del espacio público como órgano esencial del flujo urbano, el estudio urbanístico y la adecuación de los servicios y ordenanzas ante ciudades cada vez más dinámicas y vibrantes, y muchos otros conceptos e iniciativas que crean en la población ese sentimiento de orgullo, de pertenencia y de bienestar.

Como analogía ante la ceguera del estado del deterioro de la condición del ciudadano, me atrevo a mencionar lo que plantea Osho en uno de sus libros de meditación, cuando ante la sensación de que India se aleja de su sendero y su desarrollo espiritual, compara el hambre del espíritu con el hambre del cuerpo: “¿como va el pobre a notar el hambre de espíritu, cuando es mayor el hambre de su cuerpo?”. La miopía y el engaño de pensar que todos los problemas son solucionados con una mejor condición económica individual o familiar de los pobladores ha hecho dejar a un lado la importancia de las condiciones de vida de la ciudad, mientras el ciudadano batalla día a día contra una ciudad que no parece hecha para él, y la inconsciencia nos ahoga junto con los demás escombros que adornan cada acera, cada pórtico y cada calle.

Mientras tanto, el arquitecto libra su propia batalla, entre trabajar o pensar, entre aplicar sus conocimientos e ideas o buscar los artificios y mentiras blancas para sortear ordenanzas y restricciones gubernamentales a modo de satisfacer al cliente y sacar el mayor metraje y rentabilidad al proyecto. El arquitecto también vive cómo su hambre física, no le deja ver su hambre de espíritu, esa que impulsa al estudiante, que libera ideas, que muchos dejan atrás al salir al “mundo real”, afortunadamente algunos no dejan de soñar, espero llegar a estar entre esos.

Ing. Miguel Sánchez

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